Dinastía Zirí

La dinastía Zirí abarca desde 1020 a 1090, fue ésta la dinastía que creó el Reino de Granada, hasta entonces sólo una cora más del califato de Córdoba llamada Elvira.

Todos sus sultanes, cuatro en total, fueron descendientes de su fundador, Zawi ben Zirí, esto no quiere decir que se respetara el derecho de primogenitura, nunca se hizo en el Islam occidental, pues el nombramiento del heredero no era decisión única del rey, a veces ni siquiera se tenía en cuenta su opinión. En el caso de los ziríes quienes tuvieron mayor influencia en la designación de herederos fueron, por un lado, los Sinhayas, tribu berebere a la que pertenecían los ziríes, y por otro lado los visires, en su mayoría judíos, y en especial Samuel ibn Nagrella, que aunque a la sombra de sultanes, llegó a conducir el destino del reino.

Los poderes del sultán siempre estuvieron limitados por intrigas y conjuras fomentadas por visires, gobernadores, alfaquíes, incluso por las esclavas madres del gineceo del palacio que defendían los intereses de sus hijos.

Hubo otras circunstancias que limitaban a los sultanes, como el consejo de sayjs sinhayies o posteriormente los amplios poderes que asume el visir, puesto que siempre estuvo en manos de una fuerte oligarquía judía, llegando incluso a heredarse este puesto.

La organización política no sufrió grandes cambios con respecto a las bases creadas por el primer sultán, Zawi ben Zirí.

El territorio se dividía en circunscripciones militares, creando así casi una distribución “feudal”. Un caíd o gobernador, dirigía cada distrito, que contaba con su castillo, tenía competencias militares, funciones judiciales, policiales y fiscales.

A su vez las guarniciones militares estaban compuestas por Sinhayas y mercenarios. Los mercenarios tenían sus propios jeques u oficiales, además existía la figura del Katia hasam, secretario de los mercenarios que coordinaba las funciones de éstos.

El ejército regular estaba formado por los Zanata y se encontraban en la capital al servicio del sultán. ´Abd Alláh los consideraba los mejores soldados de al-Andalus.

Existía un registro del ejército, en donde se encontraban inscritos todos los que lo formaban de manera permanente. El ejército era retribuido con cargo al tesoro público. Se trataba de un ejército con una gran variedad étnica, por lo que era difícil que se alzaran contra el sultán, pero si favorecía la aparición de rivalidades entre las diferentes tribus que lo componían, en algunas ocasiones originadas por los propios visires que favorecían a unos grupos en perjuicio de otros.

Los gastos militares representaban la partida más elevada. Estaban divididos en varios apartados: mantenimiento del ejército, financiación de campañas, pago de parias a Castilla y al final de la dinastía, el pago del “derecho de alojamiento” a los almorávides.

Los Ibn Nagrella, primero Samuel y después su hijo José, monopolizaron la recaudación de impuestos, éstos delegaban en agentes fiscales, que igualmente eran judíos. También se daba el caso de que algunos gobernadores recaudaban directamente a los súbditos de su territorio, enviando una parte al tesoro.

El tesoro privado del sultán estaba compuesto por bienes inmuebles, en su mayoría procedentes de confiscaciones, de grandes cantidades de oro en monedas y/o lingotes, joyas, telas de lujo, todo bien inventariado.