Nacimiento del emirato independiente omeya

Tras una serie de luchas internas tribales y guerras civiles en el emirato de Damasco, al que pertenecía al-Andalus, en el 750 una revuelta lleva al poder a una nueva dinastía, siendo masacrados los miembros de la dinastía depuesta. De ésta masacre consiguieron escaparse algunos omeyas, entre los que se encontraba Abd al-Rahman ben Mu’awiya, nieto del califa Hisham ben Abd al-Malik. Emigró al Magreb, lugar de origen de su madre, una beréber. Aquí no consiguió un puesto acorde con sus ambiciones, por lo que en 755 llega a al-Andalus. Se hizo con el poder militar gracias al apoyo de seguidores omeyas y tribus yemeníes del sur de la Península que se oponían al gobierno qaysí.

En mayo de 756 entra en Córdoba tras expulsar al gobernador Yusuf al-Fihri.

La energía y capacidades políticas y militares del nuevo emir le permitieron consolidar un poder muy frágil en sus comienzos; la duración de su reinado, treinta años, y darle una dimensión dinastica.

Durante poco más o menos un siglo fueron constantes las revueltas tribales, principalmente en el sur de la Península. Todas ellas fueron reprimidas, algunas drásticamente como la masacre de notables en Toledo en 797 o la “Revuelta del Arrabal” en 818, en donde millares de cordobeses fueron asesinados o se vieron obligados a exiliarse.

Hasta mediados del siglo IX no alcanza su máximo apogeo el nuevo emirato. Prácticamente no existen sublevaciones y las que aparecen son reducidas rápidamente por expediciones militares.

Será Abd al-Rahman III el que en 929 restaura para su dinastía el titulo de califa que habían llevado sus antepasados en Damasco.

 

Fin del califato

Durante el reinado de Hisham II, hijo de al-Hakam II, nace lo que se podría denominar una dinastía paralela, los amiríes.

A la muerte de al-Hakam II (976), la sucesión le correspondía a su hijo Hisham de once años de edad. Por un lado estaban el visir al-Mushafi, que obtuvo gran importancia durante el reinado de al-Hakam II, y Muhammad ben Abi ‘Amir (Almanzor), responsable de las tropas mercenarias magrebíes, estos dos personajes eran partidarios de respetar la voluntad de al-Hakam II de que su hijo reinara.

Por otro lado se encontraban un grupo de altos oficiales saqaliba que pretendían, basándose en el derecho musulmán que decía que el califa debía ser un adulto, subir al trono a al-Mugira, hermano del difunto califa.

Este enfrentamiento es rápidamente solucionado por el propio Abi ‘Amir (Almanzor), asesina a al-Mugira, eliminando así la opción de los saqaliba, que son sometidos, aceptando éstos a Hisham como califa.

La alianza entre al-Mushafi e Ibn Abi ‘Amir fue breve, pues las ambiciones del segundo iban más allá de ser simplemente visir. Hábilmente elimina a su aliado, haciéndose con el poder del ejército y aliándose con mandatarios árabes y al Comandante de Medinacelli, Galib. Así en 978 al-Mushafi era destituido, apresado y ejecutado. Un año más tarde comienza la construcción frente a Madinat al-Zahra del nuevo palacio Madinat al-Zahira en donde se instala el poder en 981.

Mientras tanto Hisham II vive prácticamente prisionero y sin poder alguno en el Palacio de Córdoba, hecho éste que ocasiono la sublevación de su otro aliado, el Comandante Galib, que además era suegro de Abi ‘Amir, esta sublevación acaba con la derrota y muerte de Galib.

Una vez eliminados sus más cercanos adversarios, toma el sobrenombre de al-Mansur (el victorioso), gobernando al-Andalus en solitario y eliminando a cualquiera que intentara poner en duda su autoridad, al mismo tiempo que procuraba que el verdadero califa, Hisham II, no recuperara el poder.

Almanzor muere en 1002, sucediéndole su hijo ‘Abd al-Malik, que años más tarde se hizo otorgar el sobrenombre de al-Muzaffar (el triunfador). Éste siguió los pasos de su padre, manteniendo un poder unitario e ilegitimo reteniendo al califa en su retiro forzoso.

En 1008 muere y le sucede su hermano Abd al-Rahman, que gracias a su vanidad y poca capacidad para gobernar provoca la desestabilización del califato y la Revolución de Córdoba el 15 de febrero de 1009. Es ejecutado el 3 de marzo de 1009.

Entra entonces el califato en una época de inestabilidad y caos, que durará aproximadamente dos décadas, y cuya principal característica fueron los golpes de estado, los asesinatos y alternancia en el poder de unos y otros.

Esta situación dio lugar a que se crearan en las distintas zonas del país poderes locales, que en cierto modo fueron reconocidos o “legalizados” por Sulayman al-Musta’in, pretendiente al califato de ascendencia omeya y que se alió con el Conde de Castilla para tomar Córdoba en noviembre de 1009. Se mantuvo en el poder durante tres años.

Sulayman confía el gobierno de distintas ciudades de Andalucía a los jefes de las tribus magrebíes que le habían apoyado en su ascenso al poder. Así entre otros, y por ser los que más nos interesa, otorga la ciudad de Elvira al linaje de los ziríes. Aquí comenzó la división de al-Andalus.

Con todo esto, ya no tenía sentido un califa en Córdoba, pues existían gobiernos en las principales ciudades que eran los que ejercían el poder real. Aún así, aunque no existía un califa, no se suprimió la institución y se seguía mencionando a éste en la acuñación de monedas.

Surgieron entonces, a partir de 1031, los reinos de Taifas, destacando entre los veinte que llegaron a existir el que se otorgo a Zawi ben Zirí, Elvira, que se mantuvo hasta la llegada de los almorávides.

Posteriormente estos veinte de reinos de taifas los irían incluyendo en sus dominios los reinos de Sevilla y Granada. Por lo que a finales del siglo XI solo quedan en al-Andalus los reinos de Sevilla, Granada y Almería.